Morelia, Michoacán
El humo de la leña y el calor del aceite son el entorno natural de Victoria González Chávez desde que tenía siete años. Originaria de Apatzingán, esta cocinera tradicional de la Tierra Caliente representa hoy la cúspide de una herencia familiar que suma al menos cinco generaciones dedicadas a salvaguardar la identidad culinaria del estado.
Hoy, con seis décadas de experiencia frente a los fogones, evoca con una sonrisa sus inicios junto a su abuela, cuando cometió su primer error en el oficio: unos chiles capeados donde olvidó la harina y el huevo terminó batiéndose en el aceite. Aquella anécdota infantil dio paso a un sazón que hoy es infalible.
El estandarte culinario de Victoria es la morisqueta, un platillo que en sus manos mantiene la preparación estrictamente tradicional. La receta destaca por la precisión del fuego y la frescura de sus elementos: una base de arroz blanco, frijoles de la olla caldosos y una salsa con queso, huevo o cortes de cecina.
Mientras sus hijas le ayudan en el despacho de los platos, Victoria asegura que la cocina michoacana es un patrimonio plenamente tangible. Para ella, la trascendencia de este legado radica en que no se queda en el papel, sino que es una riqueza material que se transmite de generación en generación a través del paladar.
El reconocimiento institucional que porta con orgullo no siempre vino acompañado de comodidades. Antes de incorporarse al movimiento de cocineras tradicionales en 2004, Victoria cocinaba exclusivamente para su poblado bajo condiciones complejas, teniendo que caminar cerca de un kilómetro cargando los utensilios pesados solo para tener acceso a agua limpia.
La identidad de Victoria también se lee en su indumentaria. Porta un vestido de fiesta de manga larga, diseñado para otorgarle agilidad y protección ante el fuego, cubierto por un mandil. De su cuello cuelgan collares vistosos, pero el elemento con mayor carga histórica es el rebozo que lleva ceñido a la cabeza.
Esta prenda es la herencia permanente de su pueblo: en el pasado, el rebozo enrollado servía como soporte para amortiguar el peso de las ollas que transportaba sobre la cabeza. Aunque hoy las condiciones logísticas son distintas, ella lo sigue portando como un tributo vivo a las mujeres que la antecedieron.
Instalada en su stand en el Jalo Futbolero, con las cazuelas hirviendo, la cocinera apatzinguense personifica la resistencia cultural de su región. Para Victoria, la cocina es una pasión que piensa ejercer “hasta que Dios le dé licencia”, asegurando que el verdadero valor de la Tierra Caliente se resguarda en el fuego lento de sus cocinas tradicionales.