Nunca tuve empatía con la Selección Nacional, acaso algo de esperanza en el Mundial de 1978 en Argentina
Gustavo Ogarrio
He aprendido a disfrutar de manera indirecta del futbol. Jugué con pasión torpe, con alegría y frustración, siempre huérfano del sentimiento nacionalista: nunca tuve empatía con la Selección Nacional, acaso algo de esperanza en el Mundial de 1978 en Argentina, cuando nos dejaban salir de la escuela República de Guatemala a nuestras casas y cruzábamos en bola la calle para ver en la Telefunken el derrumbe del Tricolor: rápidamente se aniquiló esa tenue esperanza con el 6 a 0 que Alemania le tundió a México en Mar del Plata. Pilar Reyes y Pedro Soto (porteros a los que les metieron los seis goles, tres y tres: “empatados”, como cuenta algún chiste de la época), Leonardo Cuéllar, Enrique López Zarza, Hugo Sánchez…los últimos nombres que recuerdo ante el abismo realista del futbol. Se acabó, nunca más un Mundial atado al veneno de la ilusión. Sin embargo, debo confesar que, en el Mundial de 1986, por un instante eterno, la Selección Nacional tuvo la oportunidad de ganarle a Alemania en cuartos de final en Monterrey: “Javier Aguirre tuvo el gol y luego se hizo expulsar”, se podía leer en el diario La Afición. El eterno retorno de esa piedra de frustraciones y penales fallados.
Digo que he aprendido a disfrutar de manera discreta el futbol. Prefiero mil veces que toda esta amargura y esplendor guardados en mi memoria encuentren un punto de fuga en las canchas escolares, en las secundarias de Michoacán, por ejemplo, donde he conocido jugadores extraordinarios: el Darío, el Mini Messi en el internado de Tacámbaro, la Jocelyn, el Piojo, la María. Perdí como portero una épica serie de penales en el Albergue Hermanos en el Camino de Tuxtepec, Oaxaca, contra la Selección Resto del Mundo de migrantes hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, haitianos…con los pies hinchados de caminos tempestuosos que se daban el lujo de anotar goles polvosos.