Félix Madrigal/ACG – Morelia, Michoacán

Afuera del Servicentro, o en las inmediaciones del ajetreo que deja el Jalofest tras los partidos de fútbol, hay un hombre que no pide limosna, estira las manos para ofrecer el trabajo que sus piernas ya no le permiten realizar. Es don Marcelino González Rueda, quien este viernes 17 de julio cumple 85 años. Sentado sobre el suelo, con las piernas vendadas y flanqueado por un par de muletas que hoy sustituyen la fuerza de su juventud, vende juguetes de hule, como unos llamativos pollos para completar el dinero de la renta.

Quien lo ve hoy, cansado y lidiando con los estragos de una salud mermada, difícilmente imaginaría que este mismo hombre fue, hace unas décadas, el líder comunitario que desafió a terratenientes españoles en Baja California para darle un techo a cientos de familias desamparadas.

Don Marcelino recuerda con precisión los años en que su cuerpo era sinónimo de fuerza.

“Yo trabajé en la construcción mucho, como contratista registrado”, relata con orgullo.

A los 29 años dejó Michoacán para mudarse a la frontera, dividiendo su vida entre Tecate, Ensenada y Estados Unidos. Laboró en el campo y en las obras, logrando administrar proyectos que le permitieron ganar, como él mismo dice, “buen billete”.

Fue en Ensenada, cerca de la penitenciaría, donde su vida tomó un giro de carácter social. Al ver a familias enteras con sus hijos viviendo prácticamente en la calle por no poder pagar rentas cada vez más elevadas, decidió intervenir.

“Nos metimos en un recoveco para quitarles unos terrenos a unos españoles… Y sí les ganamos el juicio”, recuerda.

Aquella lucha terminó con la asignación de alrededor de 300 terrenos de 20 por 10 metros para familias que no tenían dónde vivir.

Apoyado por autoridades y organismos de derechos humanos, don Marcelino fue nombrado encargado de trazar el plano de la colonia, medir calles, banquetas y organizar la distribución de los lotes. Con su propia camioneta recogía a las familias desalojadas junto con sus pertenencias para trasladarlas a los terrenos donde comenzarían una nueva vida.

Incluso destinó parte de sus ingresos como contratista para pagar vigilancia día y noche, evitando que las tierras fueran recuperadas por quienes las reclamaban.

Aquel asentamiento fue bautizado como Colonia Carranza 17 de Abril. Entre risas, don Marcelino confiesa que eligió esa fecha porque creía que había nacido en abril, cuando en realidad su cumpleaños es el 17 de julio.

Durante los años que vivió en la frontera sufrió diversos accidentes que dejaron severas secuelas físicas. Recuerda atropellamientos que le dañaron la rótula, le fracturaron los tobillos y afectaron órganos como los pulmones y los riñones.

A esas complicaciones se sumó recientemente un accidente doméstico. Una cubeta con agua hirviendo cayó sobre uno de sus pies, provocándole quemaduras graves que apenas comienzan a sanar.

La recuperación fue lenta y dolorosa. Pasó cerca de tres meses alimentándose prácticamente de líquidos, atoles de masa y caldos. Apenas hace unos días logró reunir fuerzas para regresar a las calles.

“Hay que hacer la luchita para las tortillas”, dice.

Actualmente vive solo en un pequeño cuarto en Morelia. Su esposa falleció hace 11 años y sus tres hijos, Marcelino Javier, Agustín y Juan Diego, permanecen en Ensenada. Aunque espera visitarlos a finales de agosto, entiende que la distancia y las ocupaciones de cada uno dificultan los encuentros familiares.

A pesar del dolor constante, don Marcelino conserva el humor y la fortaleza que lo han acompañado durante toda su vida. Cuenta que ya logró reunir el dinero para pagar la renta gracias a la venta de sus pollos de de hule y otros artículos. Sin embargo, bromea al decir que esperará un poco antes de entregarlo porque quiere celebrar primero sus 85 años con un pedazo de pastel.

Al preguntarle qué mensaje enviaría a los morelianos, responde sin rodeos. Agradece cualquier apoyo en forma de despensas, ropa, medicamentos o ayuda para transportarse, pero sobre todo pide que las promesas no se queden únicamente en palabras.

Don Marcelino asegura que en la vida aprendió que el respeto es uno de los valores más importantes. Con esa misma convicción sigue llegando cada día a su pequeño espacio de venta.

Sentado sobre el suelo, acompañado por sus muletas, continúa esperando a los compradores que se acercan a observar sus pollitos de hule. Lo hace con la misma determinación con la que años atrás ayudó a cientos de familias a conseguir un hogar.

Porque aunque el tiempo ha debilitado su cuerpo, no ha logrado vencer su voluntad de seguir adelante.